COSECHA DE TORMENTAS

 

 

Durante unos días la muerte de Emanuel Balbo, el hincha de Belgrano asesinado en el estadio Kempes, será tema de debates, investigaciones, análisis sociológicos, amenazas de sanciones, reclamos de justicia. Después, todo volverá a lo que aceptamos como la normalidad.
Normal es que no se pueda jugar al fútbol con dos parcialidades porque nadie garantiza que no sea una guerra. Normal es que, ya que no hay dos hinchadas, las batallas se den con camisetas del mismo color. Normal es que no haya policías en las tribunas "para no irritar a los aficionados". O sea, normal es aceptar que las gradas del fútbol son territorios liberados donde quien se atreva debe asumir que puede ser acusado de infiltrado, lo que sería equivalente a descubrir a un terrorista de Isis en la casa blanca.
En las semanas previas al clásico del fútbol cordobes, después de 15 años, hubo esfuerzos para bajar las tensiones que se asocian a la pasión por las camisetas. Dirigentes y futbolistas de ambos clubes se abrazaron para las fotos, aficionados inundaron las redes con imágenes de amigos y familiares piratas y albiazules bajo el lema de somos adversarios, no enemigos.
Pues no es así. Y no es un problema del fútbol, del estadio Kempes o de un club en particular.
Es un virus destructivo que ha avanzado por demasiado tiempo entre nosotros, los argentinos. Tiene que ver con la percepción del que piensa o siente distinto como un enemigo. El fútbol sólo lo exhibe con mayor brutalidad, con menos tamices. En la feroz ejecución del hincha de Belgrano participaron decenas de anónimos que encontraron razonable sumarse al linchamiento. Muchos que alentaron a los verdugos. Y muchos más que aportaron indiferencia, antes de volver a poner la atención en el juego mientras un chico de 22 años agonizaba tres metros más abajo.
Pero tal vez la escena más próxima a la pesadilla es la imagen final, cuando ya Emanuel ha sido arrojado al vacío, cuando agoniza rodeado de personas que bailan y celebran su asesinato. No son monstruos apocalípticos quienes hoy se reconocen en esas imágenes que horrorizan al mundo. Ni siquiera son los temibles barras organizados. Los primeros detenidos no tienen antecedentes penales. No son -no eran- delincuentes. Somos nosotros, los comunes, los que cuando nos quitamos la camiseta volvemos a ser padres, hermanos, hijos presuntamente buenos ciudadanos.
¿Qué pasó con el país de buena gente?
Se han sembrado vientos, no debería sorprender la cosecha de tempestades.
Por esa siembra perversa la tolerancia es apenas una bobada, el pacifismo es pura debilidad, la moderación es una forma del miedo, la justicia no está y, aunque estuviera, el respeto a las leyes y las normas de convivencia son expresiones burguesas despreciables. .
El espantó ocurrió en una tribuna y a la vista de todos pero podemos dormir tranquilos: no es problema nuestro sino del fútbol.

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